domingo, 24 de julio de 2011

El miedo a lo diferente contagia a los noruegos

Los partidos ultras rentabilizan el temor a la inmigración y al crimen.

La advertencia de la Policía en su informe anual sobre amenazas para la seguridad de los noruegos, publicado en marzo, en nada pudo anticipar la tragedia. El análisis aseguraba que "los ultraderechistas han registrado una ligera actividad sólo desde hace unos años, pero se espera que la tendencia que describe un aumento en 2010 se mantenga en 2011". Al mismo tiempo, atribuía a una falta de cohesión interna este riesgo relativamente pequeño. 

En realidad, el informe probablemente describa bien el riesgo de ataques coordinados de grupos neonazis y organizaciones estructuradas, que sí abundan en países vecinos, como Suecia. 

¿Hay un caldo de cultivo que ayude a explicar crímenes como el del viernes? Noruega es el país en el que los clientes de la mayoría de bares deja su abrigo en el perchero de la puerta sin temor a que nadie se lo lleve. Sin embargo, la sensación de seguridad ha disminuido en los últimos años. Pese a los estrictos controles, la inmigración ha experimentado un crecimiento sostenido, engordando el tamaño de sus principales ciudades, especialmente la capital, que cuenta ya con casi un millón y medio de habitantes. Noruega uno de los principales exportadores mundiales de petróleo y el único que ha traducido sus beneficios en un gran sistema de bienestar social. Ocupa una extensión similar a tres cuartas partes del territorio español, pero en él viven algo menos de cinco millones de personas. 

En el ecosistema político, donde la violencia está ausente, varios partidos han tratado de rentabilizar el temor a los inmigrantes y la criminalidad, exigiendo reglas más duras, especialmente desde el inicio de la crisis económica. Es el caso del Partido del Progreso, una de las dos formaciones conservadores mayoritarias, que en las dos últimas elecciones generales ha conseguido desplazar a los democristianos como segunda fuerza del país, situándose sólo por detrás de los laboristas del primer ministro. Con una nueva líder, Siv Jensen, el partido puede ser considerado como el único con tintes populistas y basa su campaña en el refuerzo de la Policía, las leyes de inmigración y la lucha contra la criminalidad que proviene de fuera. Su éxito llevó a los laboristas, que gobiernan en una coalición de centroizquierda, a endurecer su discurso justo antes de las últimas elecciones, en 2009.  

Una larga tradición de apertura y acogida simbolizada por el asilo de víctimas de conflictos internacionales parece haberse invertido al tiempo que los noruegos comienzan a asegurarse de que su abrigo está a la vista en los restaurantes. Con esta tendencia, paralela al descontento popular que sufren directamente en los partidos de izquierda, este mismo año se produjo un hecho insólito. Madina Salamova, más conocida como Marie Amelie, fue expulsada del país tras pasar 10 de sus 25 años en Noruega como una inmigrante ilegal. Marie Amelie fue detenida tras un acto público al que acudió precedida de su éxito como "Noruega del año". El galardón fue concedido por una conocida revista, que vio en ella un símbolo de un país moderno tras leer su libro, Ilegalmente noruega, convertido en best-seller el año pasado. Las formaciones conservadoras, lideradas por el Partido del Progreso, exigieron al Gobierno que no buscara ningún atajo legal para no deportar a la joven, que fue expulsada a Osetia del Norte (Rusia) en enero. Regresó en abril con un permiso de trabajo legal, pero el Gobierno que lidera el primer ministro ya había sido acorralado por dudar ante la inmigración.

Numerosos expertos conceden, pese a todo, un peso bajo a estos debates en la proliferación de movimientos e ideas ultraderechistas. Para Kari Helene Partapuoli, directora del Centro Noruego contra el racismo, una organización no gubernamental, la masacre de este viernes sigue teniendo difícil explicación incluso desde el punto de vista de la revancha contra un Gobierno visto como laxo en política migratoria. La extrema derecha "sí etiqueta a los socialdemócratas como débiles e ingenuos, pero este tipo de odio no es un lugar común" en sus mensajes, según ella. La relación entre los cambios de Noruega en los últimos años y la brutalidad de la tragedia parece ser todavía un nexo demasiado frágil.

 

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